Cuando el suspiro último
no mueve velas ni pluma,
llegado el momento final
y en el imaginario
aparezca San Pedro,
guardia y archivista,
sumando y restando
mis buenas y malas acciones,
mi moral personal
frenta a la ética cristiana
y espero que diga
que no, no es mi lugar,
es solo un lugar
que para mí nunca será,
y la caída en espiral
me empuje a algún sitio,
al río Aqueronte
o al Helheim.
al infierno cristiano
o al Naraka.
Pero San Pedro no es funcionario
y no hay ningún cielo,
la oscuridad,
el lento caer del telón
de la ceguera permanente,
del silencio perenne
en la boca y los oídos.
la piel insensible,
sin aromas rodeando.
No hay cielo para los que no creen.
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